Epílogo
Hemos llegado al final de este libro, que es también un comienzo. Usted probablemente estará
preguntándose qué hacer ahora, cómo se puede poner freno a la corporatocracia y terminar con esta marcha
demencial y autodestructiva hacia el imperio global. Usted está dispuesto a dejar el libro a un lado y actuar
en el mundo.
Son ideas lo que se necesita, y yo podría ofrecer algunas.
Como señalar, por ejemplo, que el capítulo que acaba de leer acerca de la Bechtel y la Halliburton en Iraq
ha dejado de ser noticia. Cuando usted lo leyó, ya era agua pasada. Pero la trascendencia de esas noticias va
más allá de la oportunidad de los textos. Confío en que ese capítulo habrá contribuido a cambiar la manera
en que leemos las noticias, enseñando a leer entre líneas de todo artículo de prensa que abordemos en
adelante, a cuestionar las implicaciones profundas de toda información de radio y televisión que
sintonicemos.
Las cosas no son lo que parecen. La NBC es una propiedad de General Electric. La ABC es de Disney. La
CBS pertenece a Viacom, y la CNN forma parte del colosal conglomerado America On Line Time Warner.
La mayoría de nuestros periódicos, revistas y casas editoriales pertenece a las gigantescas corporaciones
internacionales y está manipulada por ellas. Los medios de comunicación son parte de la corporatocracia.
Los funcionarios y los directores que controlan casi todos los órganos de opinión saben cuál es el lugar que
les corresponde. En su vida profesional han aprendido que una de sus misiones más importantes consiste en
perpetuar, fortalecer y desarrollar el sistema que se les ha legado. Ellos lo cumplen con gran eficacia, y si
tropiezan con alguna oposición también saben ser despiadados. A usted le incumbe entonces la misión de
distinguir la verdad que se oculta bajo el barniz y descubrirla. Hable con su familia y sus amigos. Difunda la
palabra.
Yo podría dar una lista de cosas prácticas que hacer. Reducir su consumo de combustible, por ejemplo. En
1990, antes de la primera invasión de Iraq, Estados Unidos importaba 8 millones de barriles de petróleo. En
2003, cuando la segunda invasión, ese consumo había aumentado en más de un 50 por ciento, a más de 12
millones de barriles.
La próxima vez que experimente la tentación de salir de compras, no lo haga. Lea un
libro, haga ejercicio, siéntese a meditar. Recorte gastos de vivienda, de fondo de armario, de coche, de la
oficina, y de casi todos los demás aspectos de la vida. Proteste contra los tratados de «libre» comercio y
contra las compañías que explotan a las gentes desesperadas en los talleres de la economía sumergida, o que
se dedican a saquear el medio ambiente.
Yo podría explicar que el sistema vigente todavía permite albergar muchas esperanzas, que no hay nada
inherentemente maléfico en los bancos, las corporaciones y los gobiernos —o en las personas que los
dirigen—, y que por supuesto no es inevitable que constituyan una corporatocracia. Podría extenderme sobre
cómo los problemas a que nos enfrentamos hoy no son el resultado de unas instituciones perversas, sino de
unos conceptos falaces en relación con el desarrollo económico. El defecto no está en las instituciones
mismas, sino en nuestra percepción de cómo funcionan y se relacionan las unas con las otras, así como de la
función que desempeñan los dirigentes en ese proceso.
En efecto, esas redes mundiales de comunicación y de distribución tan eficaces podrían servirnos para
alcanzar cambios positivos y compasivos. Imaginemos que las alas desplegadas de Nike, los arcos de
MacDonald's y el logotipo de Coca-Cola llegasen a ser símbolos de unas compañías fundamentalmente
dedicadas a vestir y alimentar a los pobres del mundo, y haciéndolo de maneras beneficiosas para el medio
ambiente. Eso no es más utópico que llevar un hombre a la Luna, desintegrar la Unión Soviética o crear las
infraestructuras gracias a las cuales esas compañías llegan a todos los rincones del planeta. Necesitamos una
revolución en nuestro planteamiento educativo. Que nosotros y nuestros hijos aprendamos a pensar, a
cuestionar y a tener el valor de actuar. Usted puede dar ejemplo. Sea maestro y alumno. Inspire con su
ejemplo a todas las personas que le rodean.
Yo invitaría a emprender acciones concretas que influyan sobre las instituciones de nuestras vidas. Diga su
opinión en todos los foros que se le ofrezcan, escriba cartas y mensajes de correo electrónico, envíe por
teléfono preguntas y mociones, acuda a las elecciones para que haya juntas escolares, asociaciones de
vecinos y concejos municipales responsables. Cuando necesite comprar algo, hágalo de manera consciente.
Implíquese personalmente.
Podría recordar lo que me dijeron los shuar en 1990: que el mundo es como lo soñamos. Por tanto, la vieja
pesadilla de industrias contaminantes, autovías atascadas y ciudades superpobladas puede cambiarse por un
nuevo sueño basado en el respeto a la Tierra y en
principios socialmente responsables de sostenibilidad e
igualdad. Transformarnos a nosotros mismos, cambiar el paradigma, está en nuestras manos.
Podría enumerar las asombrosas oportunidades de que disponemos ahora mismo para crear un mundo
mejor: alimento y agua suficiente para todos; medicamentos para curar enfermedades y para evitar las
epidemias que hoy agobian innecesariamente a millones de seres humanos; sistemas de transporte capaces de
llevar los recursos esenciales para la vida a los rincones más remotos del planeta; capacidad para elevar los
niveles de alfabetización y proporcionar servicios de Internet de modo que todo habitante del planeta pueda
comunicarse con otros; instrumentos para resolver contenciosos que hagan obsoletas las guerras; tecnologías
Energy Information Administration, citado en USA Today, 1 de marzo de 2004, p. I.
PERKINS, John: Confesiones de un gángster económico 114
que exploren tanto la inmensidad del espacio como las sutilezas de la energía subatómica, y que luego
puedan aplicarse a desarrollar viviendas más ecológicas y más eficaces para todos; recursos suficientes para
realizar todo lo anterior y mucho más.
Podría sugerir pasos que dar inmediatamente con objeto de facilitar a otros la comprensión de la crisis y de
sus oportunidades:
• Ofrecer grupos de estudio sobre el contenido de este libro en la librería o la biblioteca de su barrio, o en
ambas (para orientaciones sobre cómo llevar a cabo esta iniciativa véase www. JohnPerkins.org)
.
• Desarrollar una presentación para una escuela elemental del vecindario sobre su tema favorito (los
deportes, la cocina, las hormigas... casi cualquier tema sirve), de manera que despierte en los alumnos
la conciencia de la verdadera índole de la sociedad que van a recibir.
• Enviar mensajes de e-mail a todas las señas de su directorio para transmitir las opiniones que le haya
sugerido este libro y otros que lea.
Sospecho que algunas de estas iniciativas se le habrán ocurrido ya. Sólo es cuestión de elegir las que le
parezcan más estimulantes, y darse cuenta de que todo esto forma parte de un compromiso mucho más
grande que se nos exige a todos. Es preciso que nos comprometamos de manera inequívoca, darnos una
sacudida que nos despierte a todos. Escuchemos la sabiduría de las profecías, abramos nuestros corazones a
las posibilidades, tomemos conciencia, y pasemos luego a la acción.
Sin embargo, este libro no pretende ser una prescripción. Es una confesión, ni más ni menos. La confesión
de uno que permitió que hicieran de él un peón, un gángster económico. Uno que se acomodó con un sistema
corrupto por las numerosas ventajas que le ofrecía, y porque la contemporización era fácil de justificar. Uno
que no podía alegar ignorancia y que siempre halló pretextos para excusar su afán de lucro, la explotación de
las gentes desesperadas, el expolio del planeta. Uno que aprovechó a fondo el hecho de haber nacido en el
seno de una de las sociedades más prósperas que haya conocido la historia, al tiempo que se compadecía de
sí mismo porque sus padres no lo colocaron directamente en la cima de la pirámide. Uno que hizo caso de
sus profesores, leyó los libros de texto sobre el desarrollo económico, y luego siguió el ejemplo de otros
hombres y mujeres que legitiman cualquier acto que promueva el imperio global, aunque redunde en
matanzas, genocidios y destrucción medioambiental. Uno que entrenó a otros para que siguieran sus pasos.
Esta es mi confesión.
Quien me haya seguido hasta aquí, da a entender con ello que ha conectado con mi confesión en algún
plano personal, y que tenemos mucho en común. Tal vez habremos recorrido caminos diferentes, pero hemos
conducido vehículos similares, consumido los mismos combustibles, y comido en establecimientos
pertenecientes a las mismas corporaciones.
Ahora le toca a usted. Todo el mundo necesita hacer su confesión. Cuando tenga claro quién es, qué puesto
desempeña en este momento histórico, por qué ha hecho lo que ha hecho —acciones elogiables, y otras que
no lo serán tanto—, y adonde quiere ir, experimentará una inmediata sensación de alivio que puede llegar a
rayar en la euforia.
Se me puede creer si digo que escribir este libro ha sido para mí una experiencia profundamente emotiva, y
muchas veces dolorosa y hasta humillante. He pasado más miedo que en ningún otro trance de mi vida. Pero
me ha permitido conocer un alivio que no había experimentado antes. Un verdadero éxtasis, no tengo
palabras para describirlo de otra manera.
Plantéese estas preguntas: ¿Qué es lo que necesito confesar? ¿De qué maneras he engañado a todos, a mí
mismo tanto como a los demás? ¿Dónde he contemporizado? ¿Por qué he permitido que me absorbiera un
sistema, según me consta, desequilibrado? ¿Qué haré para asegurarme de que nuestros hijos, y los hijos de
todos se hallarán en condiciones de realizar el sueño de nuestros Padres Fundadores, el suelo de la vida, la
libertad y la búsqueda de la felicidad? ¿Qué línea debo seguir para poner fin a esas hambrunas innecesarias,
y para asegurarme de que nunca se repetirá un 11-S? ¿Cómo contribuiré a que mis hijos comprendan que los
que viven en la opulencia y el desvarío son dignos de compasión pero no de emulación, por más que se
presenten a sí mismos como iconos culturales a través de los medios de comunicación que ellos controlan,
queriendo convencernos que las viviendas fastuosas y los yates traen la felicidad? ¿Qué propósitos de
cambio en mis actitudes y percepciones voy a plantearme? ¿A qué foros recurriré para ilustrar a los demás y
aprender al mismo tiempo?
Esas son las preguntas esenciales de nuestra época. Cada uno debe responder a su manera, y manifestar sus
respuestas de un modo claro e inequívoco. Paine y Jefferson y todos los demás patriotas nos observan. Sus
palabras siguen inspirándonos. Los hombres y mujeres que dejaron sus tierras y sus barcas para ir a
enfrentarse con el poderoso Imperio británico, los que pelearon en nuestra Guerra Civil por la emancipación
PERKINS, John: Confesiones de un gángster económico 115
de los esclavos, los que sacrificaron sus vidas para defender al mundo frente al fascismo, todavía nos hablan
en espíritu. Y lo mismo los que se quedaron en casa para producir los alimentos y las ropas necesarias, y
aportaron su apoyo moral, y los que han defendido lo que antes se ganó en los campos de batalla: los
maestros, los poetas, los artistas, los emprendedores, los trabajadores de la sanidad, los obreros manuales...
usted y yo.
Ésta es nuestra hora. A todos y cada uno nos toca dar el paso al frente, plantear las preguntas importantes,
buscar las respuestas en nuestro fuero interno, y pasar a la acción.
Las coincidencias de su vida, y las elecciones que hizo en reacción a ellas, le han conducido a usted hasta
este punto...
Tomado del libro: PERKINS, John: Confesiones de un gángster económico
Lo importante y que me llama la atención es pasar del plan, del conocimiento a la acción.
Eso vale la penda, cambiar de parecer ante lo que tenemos de frente.
Es por ello que comparto esta información.
saludos
ACR
lunes, 3 de abril de 2017
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